Otoño soleado

No me gusta extrañar.
Es un lugar que me sabe incómodo, molesto, poco amigable.
No sé extrañar.
No sé cómo guardarme para ese próximo encuentro, para eso que no sé cuando viene… Y si es que llega.
Me siento como en casa en ese eterno presente.
En las dos cervezas servidas en copa,
con el sol que te entra por la espalda y achina nuestros ojos.
En la charla que se improvisa y no se termina, y que ni siquiera sabemos por qué y para que lo contamos.
Nos reímos.
La gente pasa, las lanchas hacen pequeñas olas y burbujean esas aguas bañadas por el sol y la tarde.
Prendo un pucho, te miro, lo disfruto.
Perdés tu mirada quién sabe dónde, y volvés ahí, sonriendo con pecas a las gafas negras que te contemplan.
Pasa el tiempo que siempre es poco.
Y ahí está la cosa…
Otra vez prometiendo al aire un nuevo encuentro, siempre o casi innovando.
Deseando que sea divertido y pronto,
que me alcance una mano para contar los días que faltan, y creyendo que “no pasa nada”.
No me gusta extrañar.
Prefiero un bolsillo vacío, una boca seca.
Un corazón que me explote sin saber bien por qué,
una excusa para estirar los minutos, no sé;
Pero no me gusta extrañar.
Entrecruzamos los dedos, las manos.
Sonreímos casi apurados.
Nos traen la cuenta, pensamos en la brisa, en el frío.
Era un día otoñal, soleado, y bello.
Era una tarde cualquiera, de esas que pasan cada día en la vida de cada uno.
Pero no, la hicimos nuestra.
En las palabras, en los besos, en las risas.
En las charlas con hilo y sin sentido,
y en esos otros detalles que vos te acordás mientras leés esto.
No me gusta extrañar, lo voy asumiendo.

Bolsillos rotos

Domingo, 30 de junio de 2019.

Se me acelera el cuore, mi respiración tiene sonido.
Cierro los ojos porque abiertos ya no veo. Destellos de luces en la oscuridad hacen reflejo.
Tengo frío, sigo inmóvil, por dentro quieto. Mi cuerpo se expresa, se acurruca, con la cabeza apuntando al suelo.
La indecisión, esa nebulosa que no sé bien dónde se encuentra, pasea lento.
Sube desde los latidos, baja desde lo profundo de mis pensamientos.
Me siento agobiado, perdido, sin ganas ni fuerzas, pero deseando mágicamente un instantáneo olvido.
No sé que hacer, por donde empezar.
Le hablo a mi ser interior porque necesito mantenerme vivo, conectado, y acompañado.
Los ruidos del exterior se hacen uno, los confundo, se mimetizan, eso te lo afirmo y te lo juro.
Afuera hace frío, pero adentro es una guerra sin idioma y sin bombas, pero lacerante hasta el hastío.
Tengo una montaña de recuerdos, de sueños, de promesas incumplidas.
Ya no caben, no hay espacio, el alma se me parte, el recipiente se desborda, causando mil heridas.
Es temprano y parece noche, es esta bruma la que pesa,
La que no tiene retorno en mi fe perdida.
La vida no te enseña el fin de un camino. Te vas haciendo, vas juntando fotos, experiencias, momentos gratos, y de los otros.
De repente caen las fichas, esas que fuiste juntando para descartar en algún tacho de residuos.
Bolsillos rotos, suelas gastadas,
el viento de invierno en la cara,
ya no queda nada.
W. G. 🖋️

En el aire

Necesitaba hacerlo, necesitaba verlo.
Qué había allá en ese destello en el horizonte,
que me llamaba entre los vientos.
Elegí un camino de piedras lanzadas, de pechos partidos, de sangre en los ojos.
No fue valentía, no fue el mejor paso.
Me duele en la distancia, en el trecho recorrido.
No eran las formas de marcharse, un alma con luz no haría eso.
Es que a veces se apaga, cuando cierro los ojos y elijo el tropiezo.
Fue vértigo en el aire, en la escena de riesgo. Pero es que siempre después de flashes uno enceguese, y no veo el golpe, no da aviso ni permiso.
Sin embargo, pese al golpe duro en las vértebras de mi columna, seguí rodando barranca abajo.
Un día me di cuenta que podía parar, que podía levantarme por mis propios medios.
Y así, a veces con miedo, puse mis plantas en el suelo.
Quiero estar acá, mirando la noche, soñando con el mañana.
No preocuparme por un billete, no sobrellevar una rutina, ni al consenso de una relación.
Sentirme padre, disfrutar cada emoción.
Reírme solo, escuchar una buena canción.
Sanar cada herida, aprovechar esta ocasión.
Quiero ser libre desde adentro, enraizando verdades, sin temor ni presión.
Hacerme verdad, intuición, luz, amor.
Asegurarme que soy yo y no otro.
Que las caretas del pasado,
quedan presas,por siempre,
en el fondo de un cajón.

Juana

Ayudé a que te duermas. De repente me detengo, congelo ese instante, miro tus ojitos cerrados, tu respiración suave casi inaudible. Tu carita y ese cuerpo pequeño que yace en la cama. Te contempló y me siento pequeño. Te sigo observando y se me cae una lágrima. Siento. Siento la vida. Siento que esa vida, en parte, se debe a la mía. A la responsabilidad, sin saberlo en aquel momento, de traerte al mundo. A este mundo del que tantas veces reniego, del que tantas otras me confunde, me abate. Veo tus rasgos, los identifico con los míos. El pecho se me hunde en una respiración profunda que sale en forma de suspiro, de aliento. Pienso que jamás pensé que iba a ser algo tan bonito, tan profundo, tan inmenso. Tanto que no comprendo la dimensión. Y lloro. Lloro de no sé qué. De alegría? De paz? De miedos? Ser papá. Ser “papi”, ser “Wally”, ser el receptor de esos abrazos y besos de un amor tan puro, tan infantil, tan sincero. Es ahí cuando siento que mis brazos caen, no por cansancio (que a veces lo hay), sino que caen porque no mí cuerpo no sabía ni sabe que tanto amor cabe en tan pequeña estructura. Lloro de amor, lloro de sentirme una palabra que no sé escribir. Y ahí sólo me nace decirte Te Amo. Así, en silencio, con mi mirada, con las caricias de mis manos mientras vos ni siquiera lo sabés, o sí. Y en una vida, la mía, caracterizada por la inconstancia, es donde descanso sabiendo que quizás sea lo único que vaya a hacer bien durante el resto de vida que me queda. Te Amo. Te amo y no me canso de decirlo, de hacerlo, y de vivirlo. Ojalá un día leas esto que escribo, para que sepas que mientras vos dormías papá pensaba en vos. En cómo viniste a romper lo establecido. En cómo llegaste para quedarte, y no porque seas mía, sino porque no habrá cosa o motivo más significativo para mí que estar a tu lado para acompañar tu crecimiento, tu desarrollo, tu bienestar. Nadie nace sabiendo, mucho menos el rol de ser padre. Con vos aprendo a cada momento. Te escucho, te observo, te abrazo, te beso. Hoy es un día cualquiera, pero no para mí. Necesitaba poner en letras esto que late en mi pecho y me lo explota. Acá voy a estar, par aprender con vos. Para volver a vivir esos primeros años, crecer en tu infancia, abrazarte en tus miedos, llorar en tus momentos difíciles que también serán los míos. Nunca había imaginado con certeza ser papá y guiar el camino de alguien, pero acá estoy hija, acá estoy para ser tu compañero, tu compinche. Una autoridad también para marcar un sendero. Siempre con amor, con aciertos y errores, pero siempre con amor. No me voy a cansar nunca de decirte Te Amo Hija, de darte besos y pedir que me abraces. En un ratito voy a acostarme a tu lado, deseando congelar ese instante y que siempre seas mí pequeña, mi bebita, y abrazarte fuerte hasta que me digas “basta papá” con esa vocesita angelical. Voy a dormirme sabiendo que soy feliz a tu lado, con la responsabilidad de despertarme mañana y seguir guiandote en este largo camino que es la vida, y que recién comienza. Te Amo Hija, Te Amo Juanupi de mí corazón.

Amor a duelo

Caminamos fuerte, más de lo que dio el impulso.

Hicimos mucho, hicimos juntos.

Fuimos un viaje, un recorrido, muchos caminos buscando un destino.

Dejamos correr las aguas, nos bañamos, buceamos, nadamos hondo hasta casi ahogarnos.

Creímos en la vida y, a pesar de los golpes, siempre un paso adelante dimos.

Apostar fue más que un juego y sin dudarlo fuimos al pleno.

No me arrepiento no, porque nunca a medias, nunca a menos.

Quisiera tirar de nuevo… No sé si puedo. Detenerse o seguir a fondo, metiendo quinta a pesar del ego.

Suena lindo, suena bello, pero no es afirmación sino un enorme signo de interrogación.

Es así, y así lo vivo.

Quiero todo, pero me falta un resto.

Y acá lo dejo, por ahora termino.

No se decide en tormenta, ni se gira abrupto en pleno vuelo.

Volar es de mis preferidos verbos pero, eso, volar, remontar es lo que anhelo.

Por el fuego, por las llamas, por la libertad y el viento, brindo por ese amor que hoy sabe a duelo.

 

Victoria, 4 de junio, 2019.

Enviado desde Notas rápidas

Se me olvidaba decir

A veces me olvido que ya no estás. Es como si mi registro salteara una hoja del almanaque de mi vida. Me siento fuerte, me creo libre, despierto, abierto. Despliego mi mejor sonrisa, y ahí es cuando en el espejo me veo. Estos dientes blancos y dispersos son en realidad una rosa negra que estampa mi pecho. Es como una pequeña piedra que golpea la atención en mi cabeza. Hace que mire en mi asombro hacia arriba para encontrarte, para encontrarnos, y en mirada cómplice un ojo guiñarte. Ahí es cuando se disipa la bruma, la neblina, y apareces en figura, con textura, cuerpo y alma. Me desarmo, recordandome mis células que soy materia que siente, piensa, y ama. Materia que sufre el desarraigo de un alma amiga y compañera, que no sólo es tatuaje de tinta sinó de sangre que corre a través de mis venas. Vuelve a caerse la repisa en la que ordeno con detalle y esmero los fascículos de mis días. Compruebo que hay un agujerito en el vidrio de mi ventana en dónde todavía es invierno y por ende sopla un viento frío.

Es muy tarde, ya casi me duermo. Cerraré los ojos esperando encontrarte, esperando con vos conectarme. Seres dimensionales que sólo paseamos por aquí un rato. Ahora recuerdo que eso a veces también se me olvida.

Carta a Santiago

Me gustaría llorarte Santiago. Me gustaría llorarte y contarte que el dolor de tu familia también lo es mío. Me gustaría y siento que todavía no puedo. No puedo porque escucho cosas. Delirantes, denigrantes, beligerantes. No puedo porque leo, porque me meto en redes sociales, porque veo que gente que me rodea no tiene eso que yo lo alimento día a día. Siento que no me siento libre para llorarte porque todavía en este puto siglo XXI no aprendimos. No aprendimos a abrazar, a sufrir, a palpar, a sentir en carne propia eso que le pasa al otro. Porque a veces entre familiares mismos no nos reconocemos. Porque elegimos que una caja boba nos explote el bocho, nos infle las venas de odio, de rencor, y de toda esa puta mierda que cae desde arriba. Desde allá dónde ni siquiera sabemos, y desde dónde digitan tu vida, la mía, la de todos. Quisiera llorarte y contarte que a pesar de todo somos muchos que nos sentimos vos por un rato. Aquellos que abrazamos sueños, que deliramos con un mundo nuevo, con la justicia, la equidad, el compromiso, las ganas de ser un poco mejores. Y por ende nos dolió perderte. Porque no habías hecho nada más que ser auténtico y jugarte por lo que sentías propio. Hay una sociedad juzgada y sucia que juzga, que se llena de prejuicios, y daña. Daña desde una laptop, desde un furioso y cancerígeno insulto, y hasta con una maligna mirada.
Hoy fui a votar, a hacer valer mis derechos, y vos no estabas. No estabas porque hubo alguien, terrenal y no supremo, que así lo dispuso. La jornada será pálida, gris, incómodo como ese tajo de hoja de papel en el dedo. Habrá alguien que gane, otro que pierda. Mi corazón me dice que perdimos todos, y no es metafórico. Sólo me queda esperar un poco, un gajo al menos de esa gran torta que nunca se bien parte y se llama Justicia. Que siquiera sirva para que aprendamos algo, que no quede en el olvido, en la fragilidad ya acostumbrada de nuestro Alzheimeroso pueblo argentino.

María Paz

Buscando a María. No hablo de drogas, sí de utopías. Aprendiendo la sabiduría del silencio, y de su mágico sonido. 

Tarea ardua, repetitiva y hasta monótona si no buscas alternativas. La busco en un finde, en mis tiempos libres, y en las tormentas; en las horas tempranas cuando ni el gallo canta. Por las noches cuando no puedo, y pasan las horas pensando lejos. 

Cuando me quedo solo, o cuando la multitud agobia y necesito un suspiro. Para buscarla no hay fórmulas ni itinerarios, porque parece lejos y muchas veces al cerrar los ojos está al lado nuestro. 

Lo extraño es conocer seres que no la busquen, que la ignoren, y que prescindan de su existencia.
Yo la busco con los cinco sentidos, y hasta con la intuición me ayudo. Uno va cambiando, creciendo, mutando, y con cada pasaje o cambio esa curiosidad se vuelve deseo, hasta que ese deseo se torna necesidad. Por ende ésta búsqueda no es física, mas bien es espiritual.
Se me olvidaba contarles que María, cómo ningún otra, no es María a secas. Podría combinarse de mil formas, pero María es María Paz.

Con y tan

En medio de la bruma asoma una figura. Una silueta que mis memoriosas retinas aprecian, que en mí activa recuerdos, nostalgias, puntos suspensivos y suspiros.
Logra tomar forma, hacerse mujer y sonreírme. Ahí es cuando recuerdo lo frondoso de sus pestañas, su pelo largo, suelto, salvaje.
Toma valor y me habla, ella escoje ese libro viejo de hojas amarillas, y con su usual parsimonia, lo trae a mí para compartir.
Y de repente es como abrir esos libros que nos leían de niños con figuras troqueladas, que sólo por así serlo, encierran toda una magia.
Con habilidad para desempolvar esas hojas, hacerle un guiño al tiempo tirano, me envuelve en su aniñado y florido mundo.
Me recuerda que no soy un recuerdo, le imprime pulso a sus palabras, y le da vida a lo que ella ama.
Podría ser una reluciente hada, el revoloteo de un colibrí, una hoja de otoño que cae sin prisa, un cerrar de ojos en un atardecer en la playa.
Podrá que a veces se nos olvide y que nuestra ruta no se intersecte, mas sospecho que hay uniones que no son estériles ni que se poseén. Son de la vida, del universo, y es ahí cuándo me aflora una incógnita, un desafío… ¿quiénes somos nosotros para impedirlo?

Ella murió de amor

 Allá va ella llevando flores, caminando con prisa pero tan lenta que se puede contemplar su cadencia, la armonía que expresa vida, y hasta la decencia de su voz. Va llevando dolores en una canasta cual parturienta en experiencia primera pero sin quejas, tan sólo con dolor.
Pasa y le sonríen, le dicen piropos, y le vuelven a sonreír. Porque… Quién no le recitaría un poema, le regalaría una rosa, o la mejor canción de amor?
En sus ojos achinados por naturaleza, por el sufrimiento de los ajetreos terrenales, y hasta por el mismísimo sol.
Que esboze respuesta no será tarea fácil ya que no es de rebasar​ simpatía, más bien es de pocos amigos, es de las que responde con los latidos del corazón.

A dónde va, a dónde lleva ese apuro si nadie la corre? Alguien la espera? Dicen que en su canasta va llevando una pena, de esas que te astillan el alma y te hacen perder la razón.
Será difícil pararla un momento y que te lo cuente, y si lo logras te diría que todo se puede, que todo vendrá si lo deseas, y que los imposibles… los imposibles son para los necios, que eso no existe si puedes abrir tu corazón.

Allá va ella, la veo pasar. Sentado en la esquina de siempre, tomando algo fuerte, que deja de serlo cuando contemplo su figura, y el perfume que destila. A dónde irá con tanta prisa? Con su canasta envuelta en misterio, la esperará alguien con una sonrisa?

Sigo tomando lo mío y entre sorbos y suspiros recuerdo esa rutina de pasos y sonrío. Es que esa mujer y su andar cautivan, esa mujer en la senda deja huella, esa mujer es ella y no hay otra, esa mujer y sus atributos… Ella.

Pasan los días, en la hora indicada, mas no sé nada. Miro a través del espejo pensando, queriendo invitarla y hasta mi imaginación vuela y recrea, dibuja y la ausencia disfraza. Quisiera preguntarle al hombre de la esquina, al mozo, o la señora de la escoba que saben de su existencia, pero no junto valor.

Transcurren más días y me parece haber escuchado algún comentario, algo que hace que mi café sepa aún más amargo, que mi garganta se comprima y al oxígeno le cierre el paso. Sigo mirando fijo la vidriera. Pasan autos, señores, señoras y niños, la vida y el tiempo, pero no ella. Suspiro. No es un suspiro… Será congoja? Será temor?

Vuela el estúpido calendario y me desanima, creo que ya no es lo mismo, ni siquiera el clima. Caen los párpados, mi respiración no es continua. Comentan que aquella dama de andar incesante ya no camina, ya no está, que ella se ha ido.

Quise suponer un destino, por trabajo o por licencia de descanso, pero no, ella a otro lugar se ha marchado. Me toma unos segundos pensar, tragar saliva y volver a la tinta. Alguien comentó con justeza que sus pasos han tomado otro rumbo, ya no terrenal ni físico.

Es que de amor ella sufría. Dicen que su latir ya no era correspondido, y que su vida había perdido sentido. Quise ser incrédulo, esperaba me digan que no era cierto. Cómo una flor puede marchitarse por dentro? Sería como las mariposas que viven y mueren en casi un momento?

Ya no la veré pasar. Seguiré en el mismo sitio, con mi oscuro y solitario café, en el mismo lugar. Mis días sabrán que hubo alguien que entretenía mi tiempo, que mis ojos y mente jugaban a los inciertos, y que era ella quien a los desabridos almanaques ponía sazón.

Contaré luego, si alguien me pregunta, que supe lo noble que era, que investigué y supe de ella, que el amor y la bondad su carta de presentación eran.
Y si alguien a mi mesa se sienta, compartiremos infusiones y charlaremos, intercambiando anécdotas de esa mujer que no era una más, no era cualquiera.

Al final de la historia sabremos que tras sus pasos, los silencios, los dolores y los secretos guardados en su canasto había alguien que con pasión amaba. Podrán decir muchas cosas sobre su salud y su ausencia, sobre sus días y su esplendor. Una certeza conmigo llevo… esa mujer murió de amor.-
Marrakech, 17 de abril del 2017.